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Sé que al elegir este tema entre tantos que nos acechan, afligen o estimulan, me meto en un terreno resbaladizo, que puedo entrar en contradicciones o echarme encima algún “san benito” que ni de lejos deseo. Pero en las actuales circunstancias de acoso por aquí, asedio por allá y derribo por acullá, he caído en la tentación.

No en vano, el hecho religioso es consustancial al hombre desde que se pregunta a sí mismo quién somos y adónde vamos.

Desde mi humilde punto de vista, no me resisto a trasladaros algunas ideas, totalmente cuestionables, pero ahí reside la madre del cordero (que es la cordera, inevitablemente).

Empezaré por deciros que, en temas de religión, sea ésta cual fuere, yo me considero, cuando menos, un escéptico de tomo y lomo. Y a estas alturas de la película, de la Iglesia tal y como la conocemos, más o menos. Claro que con las debidas modificaciones que el paso de los siglos y las circunstancias, ha habido que adoptar.

El afortunado Pablo (San), y digo afortunado, porque camino de Damasco, a lomos de su caballo, se encontró un tesoro: LA LUZ. Y hete aquí, que quién por cuestiones cronológicas, no pudo conocer de primera mano a Jesús de Nazaret, se llegó a codear con el mismísimo San Pedro, que ya era un veterano en la labor de divulgar la Buena Nueva. Y tengo entendido que lo superó en eficacia y resultados. Claro que Pedro era un pescador, y Pablo procedía de un estatus superior y con unos ímpetus de nuevo converso, gracias a la cuales, la Iglesia que hoy existe y con la pujanza que aún exhibe, hubiera tenido quizá una vida efímera, como tantas otras sectas en la Historia. Gran mérito el de Pablo.

Y a partir de ahí, todo lo que ha venido después, con sus aciertos, sus imperfecciones, sus luchas (a veces muy sangrientas) por mantener la ortodoxia, sus excesos (inquisición, adoctrinamientos y conversiones a la fuerza, sus lujos….) y, por supuesto, su verdad y su grandeza.

Porque una idea, que en origen es buena, para llegar hasta hoy con la fuerza que aún ostenta, algo bueno debe tener. Aunque ha tenido que experimentar con el paso del tiempo, un proceso de adaptación, manteniendo por un lado, lo esecial de la doctrina de Jesucristo, el amor a Dios y al prójimo y por otro, rememorando su vida y obra, ha alcanzado tal grado de complejidad, que en algunos casos, no se distingue lo cristiano de lo pagano.

Y es que, a la postre, la Iglesia es una obra del hombre, con sus infinitas variables e imperfecciones. En el ritual, cada uno se hace el nudo de la corbata a su manera, sin caer en la cuenta de que se trata de una soga de ahorcado en potencia.

En esta tierra de nuestros amores, como en casi todas partes, el fervor religioso, LA FE, en suma, es un valor en franca caída, sobre todo entre las nuevas generaciones. Pero se da la paradoja de una proliferación de cofradías, antes inexistentes, en honor de santos antaño casi ignorados, al menos para esos menesteres. Y uno se pregunta: ¿nos estamos volviendo más píos, o es simple autocomplacencia disfrazada de religiosidad?

En otros países, con mas cultura asociativa, abundan los clubes que agrupan a personas con gustos afines por las cosas más peregrinas.

Claro que, estas cofradías, si además de exhibirse en las procesiones, tienen alguna otra actividad en bien de la comunidad o la Iglesia, o ambas, me la envaino. Si el fin es bueno, sus efectos deberían serlo.

En suma, y a pesa de sus deméritos, que alguno tendrá, yo creo que la Iglesia, que la formamos todos, no lo olvidemos, con todos los males que la acechan, que son muchos y muy gordos (y no quiero señalar a nadie turbante o con capullo en la extremidad superior), la Iglesia, repito, hoy es una gran verdad.

Quién sabe si montada a partir de una gran mentira, pero una verdad en lo que se refiere a paz, amor, refugio y referente de los buenos sentimientos, ayuda espiritual y material. Sirvan de ejemplo la labor en las misiones. Cáritas, asistencia a enfermos en hospitales y un sinfín de actuaciones piadosas sin remuneración alguna por parte de quien las recibe.

Depositaria de unos valores históricos inimaginables, nuestra cultura occidental y universal está impregnada hasta el tuétano del hecho religioso.

A poco que uno bucee en la Historia, comprobará que cuanto ha ocurrido a lo largo de los siglos, ha estado modelado por dos factores fundamentales: el económico y el religioso, en general bastante interconectados.

Pretender, a golpe de decreto, eliminar este último, es querer separar las aguas del Mar Rojo, como hizo Moisés. Porque si es coherente con la idea de la ciudad del Estado, habría que llevarlo hasta sus últimas consecuencias y propiciar un calendario totalmente huérfano de festividades religiosas, lo que crearía unos conflictos en cascada, empezando por el mundo laboral. Siguiendo por la hostelería, que vive en parte de los movimientos de masas en puentes y celebraciones religiosas varias. Por no hablar del folklore, en infinidad de ocasiones ligado íntimamente al hecho religioso, y que tantísimos ingresos genera vía turismo. Catedrales, manifestaciones artísticas de todo tipo con el mismo trasfondo, llena los museos. La música religiosa ha propiciado que este arte en occidente, alcance cotas prácticamente insuperables: El Mesías de Haendel, las Cantatas de Bach, el Gloria de Vivaldi, el Réquiem de Mozart…. son verdaderas catedrales sonoras. Todo lo antedicho corrobora la íntima unión entre religión, cultura y economía.

Recluir las manifestaciones religiosas a la intimidad de los templos y los hogares, probablemente nos sumergiría en una anodina y apática existencia. La ausencia de Navidades, Pascua de Resurrección, el mismo carnaval, que no es más que el contrapunto al recogimiento de la Cuaresma, no hubiera existido sin ésta. Y así, todas las celebraciones que a nivel local o general nos llenan la vida de pretextos para salir de la rutina o el agobio diarios, aunque el origen religioso de las mismas quede, casi siempre en segundo plano.

Pero retomando el aspecto espiritual, cuántas personas, con mis mismas dudas, llegado el momento de la “suerte suprema”, no elevan la mirada en busca de luz, conscientes de que, aunque somos muy poquita cosa, queremos trascender y buscamos algo más poderoso, que nos ayude en el trance o nos libre de él.

Los ministros de la Iglesia y las gentes de buena voluntad en general, parecen convencidos de que esa luz existe. Cuidémosles. Quién sabe si algún día nos consiguen enseñar…. DONDE COÑO ESTA EL INTERRUPTOR.

El que se perdió en la Isla

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